jueves, 10 de mayo de 2012

RÉQUIEM EN RE MENOR

Confutatis, maledictis,
Antonio Salieri estudió violín con Giuseppe Tartini
y se consagró en el panorama musical de la época
con la ópera L'Europa riconosciuta.

Tuvo fama, dinero, voca me cum benedictis,
pianos y zapatos de charol.

Mozart se drogaba, jugaba al billar,
componía óperas resultonas,
divertimentos, juegos, caprichos, pizzicatos y polvos.

Nos afligimos por Salieri y decimos
caramba con Mozart, qué puto genio.

Si pudiera elegir
en su momento yo habría querido ser Salieri
y que le dieran por culo a Mozart.

Salieri vivía mejor,
era funcionario.

Lo de Mozart fue la absoluta brillantez
que deja ciego, que adelgaza
hasta casi desaparecer
para que solamente quede la obra,
la creación que es el hágase la luz,
cor contritum quasi cinis.

Mozart murió con 35 años.
Salieri murió con 75 años.

Sin embargo ahora solamente escucho a Mozart.
Su Réquiem en re menor
es perfecto para preparar el desayuno de los sábados.
El tazón de cereales 250 años después,
el zumo, las tostadas, los antidepresivos.
Flammis acribus addictis.

Salieri solo existe
porque ayer echaron Amadeus en la tele.

María T. Moliner

caramba

1. (euf por “carajo”) Interj. Exclamación de sorpresa y, a veces, de enfado, protesta o disgusto. ¡Ah!, ¡anda!, ¡atiza!, ¡canario!, ¡canastos!, ¡caracoles!, ¡carajo!, ¡carape!, ¡caray!, ¡cáscaras!, ¡cáspita!, ¡coño!, ¡córcholis!, ¡demonio!, ¡demontre!, ¡diablo!, ¡diantre!, ¡Dios!, ¡gua!, ¡joder!, ¡mierda!, ¡oh!, ¡la órdiga!, ¡recórcholis!, ¡sopla!, ¡to!, ¡la virgen!, ¡zapatetas!

2. m. Todavía debería realizar, durante mucho tiempo, tareas monótonas.

3. adj. Tras haber trabajado arduamente durante 34 años estoy cansado. Pero tengo un apetito magnífico.

4. f. Para qué hacer algo, qué es hacer algo, hacer el qué, mirar el qué, la vida de abrir los periódicos, la vida de utilizar el móvil como despertador, la vida de llenar el cuerpo de líquidos, la vida de llenar el cuerpo de frutos secos.

5. f. ¿Por qué golpeo el sofá y grito mierda, coño, joder, zapatetas?

domingo, 29 de abril de 2012

Un ojo izquierdo llamado Danilo T. Brown

Si los dioses nos son favorables, después del verano, nueva obra en las mejores librerías gracias a la editorial Lupercalia. Aquí va un poema del libro para calentar motores:

Mi ojo izquierdo, llamado Danilo T. Brown,
es un fanático de los domingos.
Madruga, parpadea como un reloj,
se viste, me visto, nos vestimos.

El aire de los domingos es ligero y amarillo
como una barra de pan.

Salgo a la calle,
compro el periódico,
pido café con churros,
me santiguo.

La prensa dominical cruje en mis manos
como un pastel de hojaldre.
Mi ojo izquierdo devora titulares,
columnas de opinión, anuncios, crónicas.
Letra caliente y recién hecha.

Pastillas para la tos.

Mi ojo izquierdo vive los domingos religiosamente,
porque el domingo, bendito sea,
es sagrado como una cucharilla de metal.

Me arrodillo, junto las manos.

Cuando vuelvo a casa escucho el ruido que hacen los vecinos,
los muebles, las voces, un plato que se cae.
Es el ritmo tranquilo de los días de fiesta.
Mi ojo se divierte, escucha, se entusiasma,
mira las musarañas porque es lo que hay que hacer.


sábado, 14 de abril de 2012

UN OJO IZQUIERDO LLAMADO DANILO T. BROWN

Mi ojo izquierdo investiga, especula, analiza, deconstruye. 

Voy a Hipercor a comprar una bolsa de Lays Gourmet y una Coca Cola zero. 

Busco una cajera que esté buena, 
pero no veo ninguna, 
así que me decido por una caja en la que hay poca gente. 

Cuando llega mi turno deposito mi compra sobre la cinta de goma, 
me esfuerzo en sonreír y digo hola, 
 la cajera le dice hola a la bolsa de Lays Gourmet y a la Coca Cola zero, 
luego me mira lo justo para decir uno con cincuenta. 

Le ofrezco todo mi dinero sin dejar de sonreír. 

 Ella lo coge y teclea en la máquina. 
No me mira. 
No me da las gracias. 

 Mi ojo izquierdo se fija en sus manos. 
Las manos ágiles de una cajera de Hipercor antipática e hija de puta, 
manos sin anillos, 
sin heridas, 
manos resueltas y rápidas, 
manos tecleadoras de números que manejan mi dinero como fichas de parchís. 

Vuelvo a casa con mi bolsa de Lays Gourmet y mi Coca Cola zero. 
Mi ojo izquierdo piensa en las manos de la cajera. 
Mi ojo derecho se caga en su puta madre. 

lunes, 2 de abril de 2012

MISERERE MEI, DEUS

La muerte,
enumerar la muerte,
una bolsa de plástico,
un recipiente de comida china de ayer,
ropa tendida,
no una prenda, no un calcetín, no las sábanas de la cama de matrimonio,
sino ropa en general, blanca, de colores,
ropa que no se seca bien y huele a húmedo,
un fregadero lleno de platos,
un último deseo, un cigarrillo como último deseo,
cuáles son sus últimas palabras.

Hoy ha muerto la gata de mi padre.
Un gato que no es gato,
Un gato que es calor y es maullido,
un maullido que significa joder que tengo hambre
o qué te pasa que te veo triste y tú a mí no me engañas.
Una gata callejera
de las que se tumban en el suelo mientras la acaricias,
de las que lo pone todo perdido de pelos,
pero ella no sabía que lo ponía todo perdido de pelos,
ella sólo quería estar cerca de mi padre,
16 años de maullar y sacar las uñas para coger una bola de papel
que se mete bajo el mueble de la tele,
16 años, un niño de 16 años ya ha tenido tiempo de terminar la ESO
y ha tenido tiempo de fumar y de beber Bacardy-Cola
y de enamorarse y de matar a un hombre,
con 16 años ya te puedes casar en algunos sitios,
con 16 años ya estás listo.

La gata de mi padre, con 16 años, era una ancianita
que comía pienso para gatos y algunos langostinos de vez en cuando.
No bebía leche, sólo agua, los gatos en realidad no beben leche,
le gustaba el calor del brasero de la mesa del salón,
le gustaba estar sobre las piernas de mi padre
y hacía algo así como rrrrrrrrrrrrrrr, rrrrrrrrrrrrrrr,
con los ojos entornados si le pasabas la mano por el cuello
y si le decías cosas bonitas te escuchaba,
si le decías cosas importantes sacaba las uñas como para decir te entiendo,
sé de lo que hablas, si yo te contara, si yo pudiera hablar,
y rrrrrrrrrrrrrr, rrrrrrrrrrrrrr.

Hoy me ha mandado un correo electrónico mi padre y me lo ha dicho.
Mi padre tiene 65 años.
Un árbol que se cae, una hormiga pisada, un gato que no mueve la cola.

“Iba a llamarte para decírtelo pero no me encuentro bien”.

Mi padre ha sido jugador de balonmano,
piloto de avión, boxeador, inspector de policía.
Un correo electrónico que dice:
“Ya la fidelidad de esa gata hacia mí era tal, que cuando hace 6 años trabajaba en la casa del pueblo reformándola, ella se recostaba junto a los ladrillos o a los sacos de cemento, viéndome horas y horas, hasta que, si no me daba cuenta yo, me maullaba como diciéndome vámonos para abajo que es tarde”.
Ha sido pintor, ha sido hipocondríaco,
ha sido un bruto, ha sido escritor de poemas de juventud,
ha sido un manitas, ha sido un chapuzas,
ha sido una mala bestia que te arrancaba la cabeza de una hostia
cuando era joven y pesaba 120 kilos y era adicto a la centramina,
un hombre responsable y puntual, un hombre con todos los papeles en su sitio,
con las cosas claras y con las cosas no tan claras.

La gata de mi padre ha muerto.
Me lo ha dicho
mi padre 
por correo electrónico.

NOTA: Este poema nace del siguiente post 

miércoles, 28 de marzo de 2012

yo estoy bien, gracias

Pertenezco al grupo de compradores de alimentos envasados.

No nos vale con estar y apuntar en un cuaderno
si llovió, si hoy la taza de café nos sentó bien,
leemos la letra diminuta de los conservantes,
tenemos que comprender lo que hacemos y no hacemos,
tenemos que comprender la cola en el supermercado,
los dedos pequeños de las cajeras que teclean y pasan por el escáner
alimentos y botes para limpiar el horno.

Miramos al frente, miramos las maquinillas de afeitar,
somos ordenados, constantes, aritméticos, tenemos hambre,
buscamos siempre el sentido de las cosas
y el aceite de oliva virgen extra,
somos personas serias que siembran y recogen,
trabajamos de sol a sol por esa Coca Cola que beberé en casa.

Estamos bien en casa,
tenemos calefacción y ropa cómoda,
tenemos granos, verrugas genitales, ampollas, aftas, infecciones, migajas después de comer un bocadillo, piel reseca, picores, glándulas de Fordyce en las comisuras de la boca, el sonido del asma, la disfunción eréctil, por no hablar del sentido de la vida.

Que la vida sea sencilla y nada agobie
salvo el esfuerzo de enamorarse
mirar a la cámara y decir, “te lo dedico”,
no importa el tinte del pelo, ni el bíceps femoral,
no importa si lograste, hiciste, fuiste, alcanzaste,
“subí la cumbre”, “mi detergente lavó mucho más blanco”.

Ya ni siquiera hay alegría en las terrazas de los bares.

Nos preguntamos cual sería el estatus, en qué categoría,
cuántos cubiertos de plata,
cuántas zapatillas de deporte,
cuántos premios de poesía querríamos tener en el armario,
sabemos que necesitamos iPads,
sabemos que vivir medio desnudos en la selva no nos haría ni puta gracia,
al menos en principio,
qué sentido tendría tirar flechas,
qué aportaríamos al mundo tapándonos el rabo con hojitas,
saltaríamos alrededor del fuego y sudaríamos,
seríamos hombres, beberíamos agua.

Cómo se vive la vida en ese punto,
en plan comerse algo con las manos,
guarrear, mancharse la camisa, manchar el sofá,
vivir completamente húmedo, vivir desnudo
y con ganas constantes de follar, reír, saltar, gritar.

Pertenecemos al grupo,
nos ponemos morenos bajo el sol.

Tal vez echaríamos de menos nuestro carnet de conducir,
los nervios que hacen que nos tiemblen los papeles en las manos,
las grandes cuestiones,
ese polvo estelar que es una multa o una declaración de hacienda,
decir te quiero, decir te quise, decir oh qué belleza, decir Ministro de Justicia, decir baños lo bastante grandes para respirar en ellos, decir no te preocupes, de verdad, no te preocupes, yo estoy bien, yo estoy bien, yo estoy bien, yo estoy bien, yo estoy bien, yo estoy bien, gracias.

Y eso es lo que nos pasa,
siempre hay otro sitio en donde luce el sol
y la ropa se seca en 10 minutos.

lunes, 26 de marzo de 2012

8.000

Cuando escalas el Everest 
o tienes que sobrevivir en una isla 
te das cuenta del verdadero sentido de la literatura: 

esa mochila que pesa, 
esa cantimplora vacía.

domingo, 25 de marzo de 2012

el hombre en busca de sentido

Buscamos siempre el sentido de las cosas, no nos vale con estar y apuntar en un cuaderno si llovió, si vimos una madriguera, si hoy la taza de café nos sentó bien, tenemos que comprender lo que hacemos y no hacemos, tenemos que comprender la cola del supermercado, las cajas con chicas bajitas de dedos pequeños que teclean y pasan alimentos envasados y botes para limpiar el horno por el escáner, veo, miro, me fijo en esas personas a las que me parezco, formamos el grupo de compradores de alimentos envasados, todo el mundo serio, mirando al frente o al paquete de chicles y las maquinillas de afeitar que hay junto a la caja, parece que estamos comprando veneno para suicidarnos, nadie se alegra por esa Coca Cola que nos tomaremos en casa, ese paquete de salchichas que aumentará nuestra energía y nuestra masa corporal. No hay alegría en vivir, ni siquiera en las terrazas de los bares.

Ayer terminé de leer "El hombre en busca de sentido" de Victor Frankl. Ahora estoy leyendo "Veinticuatro horas en la vida de un monje" del Prior Jean-Pierre Longeat. Vivo en un vacío existencial, busco y no encuentro.